miércoles, 12 de agosto de 2015

Se acabaron las vacaciones, o ¿Por qué se esconden los alienígenas? PARTE:1

Pues sí, resulta que uno empieza exámenes, decide que lo más conveniente es centrarse en ellos... y cuando me quiero dar cuenta han pasado tres meses sin nuevas publicaciones. Y como no puede ser que un escritor tan famoso —¡dejadme en paz, soñar es gratis!— lleve tanto tiempo sin publicar entradas en el blog, he decidido que se han terminado estas vacaciones por olvido (pero tranquilos, que no he dejado de escribir otras cosas)

Y fruto de distintas conversaciones este verano, voy a analizar hoy un tema muy interesante, que a mí me ha fascinado desde que tengo uso de razón y empecé a comprender lo que era el espacio: la vida extraterrestre, y más aún, la vida extraterrestre inteligente.
Por suerte, dado mi interés por la ciencia ficción, y mis humildes aunque bastante amplios conocimientos de astrofísica, puedo enfrentarme a ello con algo de criterio.


Por supuesto, desde pequeño, como tantos otros, decidí que sería genial que hubiera otros seres ahí fuera, capaces de construir grandes naves y quizá algún día dar con nosotros. Siempre les atribuía civilizaciones mucho más avanzadas, pero con el tiempo empecé a estudiar y entender realmente la ciencia, y más aún la física relativista, y comprendí que el asunto no era tan sencillo.

Mientras tanto tenemos desde hace siglos, desde que se empezó a entender lo que era el espacio, referencias imaginarias o supuestamente reales sobre vida más allá del sistema solar, con ejemplos antiquísimos de vida en la luna. Desde la época clásica grecolatina encontramos ejemplos como el de Luciano de Samosata, que nos presenta un relato fantástico, quizá dentro de lo que consideramos ciencia ficción, sobre un viaje a la luna y los selenitas que la pueblan. A lo largo de la historia hay más ejemplos, hasta que ya a partir de la segunda mitad del siglo XX los avances astrofísica nos permitieron soñar más que nunca con conquistar el espacio y descubrir vecinos entre las estrellas.

Pero, como es habitual, el hombre muestra por naturaleza cierta superstición, y a menudo es capaz, si no es educado correctamente, de trasladarla a cualquier asunto, más aún cuando le resulte misterioso. Y de esta forma surgieron los falsos avisos de OVNIs, las sectas, y miles de teorías, cada cual más estrambótica, sobre los alienígenas que nos observan. Por desgracia, me temo, todas tienen algo en común, y es su poca base científica, apreciable aún en las mentiras más elaboradas por cualquiera con un mínimo de conocimientos.

Así que veamos cómo abordar bien el asunto

¿Existe vida inteligente más allá de la Tierra?

La ciencia experimental solo puede darnos una respuesta: No. Nada nos permite afirmar que sí científicamente. Hasta que diéramos con alguna prueba, no podemos hacer más que conjeturas. Eso quiere decir que un análisis racional de el resultado mencionado —la falta de pruebas—, nos obliga a responder con la verdadera solución: no lo sabemos, ni sabemos si podremos responder algún día a esta pregunta.

Y para conjeturar a gusto, lo que necesitamos son datos que nos permitan evaluar distintas posibilidades, y las probabilidades de estas. En esta primera entrada me centraré en las probabilidades de que, existiendo vida extraterrestre, demos algún día con ella, y dejo para otro análisis las probabilidades de que realmente exista.


El universo tiene bastante más de 13.000 millones de años de antigüedad. Claro, que construir las cosas lleva su tiempo y a partir de ahí, hasta pasados los 2.000 millones de años, no se formaron galaxias capaces de albergar vida. Por prudencia vamos a asumir que además deben estabilizarse algunos sistemas, y morir algunas estrellas para que se den sistemas con los suficientes elementos para formarla y albergarla. Nos quedan 10.000 millones de años hasta hoy día entre los que se podría haber desarrollado vida, y vida inteligente a lo largo y ancho del universo.

Aquí tenemos el primer problema: por lo que sabemos, se tardan unos cuantos millones de años en evolucionar y adquirir inteligencia. Estamos hablando de unos 2.700 millones de años desde que surge la vida hasta hoy, y de momento no sabemos cuánto más hará falta para que podamos surcar libremente el espacio (y cuando digo libremente es libres de ciertas leyes físicas), tampoco sabemos cuándo desaparecerá nuestra civilización.
Al final nos quedan unos 7.000 millones de años para que se desarrollen distintas civilizaciones, todo esto suponiendo que el universo está repleto para que la vida se desarrolle hasta la inteligencia. Estamos analizando el caso mejor.
Por ello seremos optimistas y supondremos que desde que se empiezan a emitir mensajes de radio, lo que nos permitiría ser localizables, hasta que un cataclismo o cualquier suceso termine con nosotros, hace falta al menos tanto tiempo como para haber llegado hasta aquí: digamos 2 millones de años por civilización.
Me explico: hace 2 millones de años surge el homo hábilis. Yo estoy asumiendo, ya que hemos aguantado ese tiempo desde que comenzamos a desarrollar una inteligencia superior, que tenemos otros 2 millones de años por delante.
Es decir que aunque en un caso exagerado a más no poder, vemos como temporalmente sí que hay espacio para que se desarrollen temporalmente distintas civilizaciones, pero teniendo en cuenta los accidentes necesarios para la vida, y los ciclos correspondientes, que veremos en más profundidad en el siguiente artículo, llegamos a una consideración importante:

Pueden haber nacido y desaparecido miles de civilizaciones antes que nosotros, y podrían existir infinidad después, en cualquier punto del universo, pero las probabilidades de que existiendo coincidiéramos en el tiempo son bastante ridículas. Podría haber grupos de seres inteligentes aún en situaciones anteriores a la escritura, con lo que les llevaría miles y miles de años poder llegar a la radio y por tanto a ser detectables. Por lo tanto, del mismo modo que entre billones de cuerpos celestes, los más comunes no son los planetas habitables, y entre ellos hay distancias enormes, en una franja de 7.000 millones de años caben 3.500 bloques de 2 millones de años. Y no todos tienen por qué estar ocupados por seres inteligentes, o en etapas mínimamente avanzadas. Aunque ahora supongamos que sí lo están, y que sus mensajes de radio pueden llegar a nosotros. Basta con que estén un poco alejados, para que solo podamos percibir como eran hace miles de años, pues es lo que la luz tarda en llegar a nosotros desde las regiones más cercanas. Cuando miramos una estrella, estamos viendo como era esa estrella hace miles o millones de años. Así que podrían estar ahí, y nosotros no ser capaces de verlos —u oírlos mas bien— hasta dentro de millones de años.

Desde el principio hemos supuesto la existencia de estos seres, pero hemos visto que las distancias del tiempo son un contratiempo considerable. Ahora veamos las distancias en el espacio.

El universo es grande, muy grande. Inimaginablemente grande a escalas que a nosotros nos pueden parecer infinitos. De hecho, nuestra mente no está preparada para asimilar lo grande que es el universo. Para ello pueden ayudar este tipo de videos:



O si preferís explorar vosotros el tamaño de las cosas en el universo aquí tenéis una buena herramienta.

En cualquier caso la conclusión es simple: el universo es tan pasmosamente enorme, que simplemente llegar al final de nuestro sistema solar nos llevaría años, a velocidades de más de 200.000 km por hora. Pero es que nuestro universo observable, que no todo, tiene un diámetro de más de 90.000 millones de años luz. Luego a esa velocidad, es tardaríamos en llegar al extremo de nuestro universo conocido 45.000 millones de años, si pudiéramos movernos a velocidades de 300.000 kilómetros por SEGUNDO.

Tras quedarnos con estas ideas, llegamos a distintas conclusiones:

En primer lugar queda descartada la casualidad. Bastante difícil es ya existir, como veremos, pero igual o más sería el encontrarnos con ningún otro ser, por muy avanzados que estuvieran, y aunque hubiera millones de distintas civilizaciones. Porque dado el tamaño actual del universo, sería aún complicadísimo saber siquiera de su existencia. Sería algo así como lanzar al mar granos de pimienta en distintos países, y esperar que dejando pasar el tiempo terminen encontrándose. Solo que además en el universo no hay corrientes que los trasladen.

Y después tenemos un aspecto más técnico, pero muy relevante. Hemos dicho que tardaríamos 45.000 millones de años en explorar simplemente los bordes de lo que podemos ver. Claro que una vez alcanzada esa distancia, el universo habría crecido y esos bordes también. Pero todo esto si pudiéramos viajar a velocidad luz, lo cual, hasta donde sabemos científicamente, es y será imposible siempre. Y si no lo fuera, sería de todas formas ir demasiado lento. Tardaríamos unos pocos cientos de años en explorar las regiones más cercanas, y cualquier pasajero moriría antes de ver nada.
Ahora bien, suponiendo que se pudiera viajar más rápido aún, lo cual no se sabe, aunque todo apunta a que no, por distintas razones científicas relacionadas con la relatividad, en ese caso habría que viajar muchísimo más rápido, casi de forma instantánea. Para lo cual podemos intuir que haría falta tal cantidad de energía que a saber si el Sol podría emitirla en muchos años. Y siento deciros que los agujeros de gusano, pese a que nos encante Interstellar, probablemente no existen y si existieran no podríamos viajar vivos a través de ellos. Suponiendo, claro, que pudiéramos alcanzar una de las entradas.

Concluyendo: aún si hubiera vida extraterrestre inteligente, aún si hubiera millones y millones de especies súper avanzadas, probablemente jamás daremos con ellas, y desapareceremos como especie antes de descubrir si hubo. Y esto es lo que podemos calcular, gracias a la astrofísica y la estadística, de modo que lo siento por aquellos románticos que sueñan con ese día. Pero oye, suponiendo que existan, la posibilidad existe, quién sabe si un mono logrará escribir el Quijote algún día...

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